Reseña de “Medallones” en hislibris, el autor es Juanma del Río

A continuación podéis leer la reseña de este maravilloso libro:
MEDALLONES de Zofia Nalkowska

¿Se puede escribir con belleza sobre el mal? ¿Sobre el dolor? Sí, se puede. Zofia Nalkowska lo hace en este pequeño libro, en este pequeño estuche de joyas llamado Medallones. En sus retratos, en sus relatos sobre personas que sufrieron el horror nazi o lo vivieron como testigos, consigue la poesía del dolor, la música callada de la desesperación. Paso a paso, capítulo a capítulo nos transmite el resultado de siglos de antisemitismo, de odio racial, de progromos continuos, de la violencia gratuita, de la aniquilación como objetivo de la negación del otro y el conseguir atemorizar no sólo a las víctimas potenciales de sus crímenes también al resto de sus congéneres haciéndoles cómplices del horror de su doctrina.

En estos relatos comprobamos como se pudo conseguir una obediencia ciega y lo fácil que acabo resultando acatar las órdenes. Vemos como de algo que nos resulta inconcebible, por el mal que encierra, se acaba cayendo en la normalidad más absoluta y en la aceptación de que lo anormal acaba convertido en asumible y, posteriormente, totalmente aceptable.

También podemos encontrar entre las páginas de este libro a gente a la que todo este sufrimiento y desolación hizo más fuerte y resistente ante la vida, sin por ello hacerles insensibles para el resto de sus vidas. A los que lo perdieron todo, su familia, sus bienes, su hogar, toda su vida y, sin embargo, intentaron reconstruir un mundo arrasado por ésta guerra absoluta.

Medallones es un libro corto, 87 páginas, pero concentra en esas pocas páginas todo aquello que debemos saber sobre lo que ocurrió en Polonia bajo el dominio de la Alemania nazi y su plan para aniquilar a los judíos. Ocho capítulos y una nota nos trasladan por la sociedad que vivió y sobrevivió a ese mecanismo enfermizo. Desde la frialdad del primer capítulo y su narración sobre la fábrica de jabón, al ambiente enfermizo del segundo y el terror vivido por su protagonista en el campo de Ravensbrück. La sensación de irrealidad que nos transmite esa mujer del cementerio y su narración de lo que vio desde ese lugar apartado de la realidad.

El cuarto retrato es el de la mujer herida junto a la vía del tren y la intervención, o la no intervención, de los civiles polacos que aún intentando ayudarla no se atreven a hacerlo del todo. Desgarrador pensar que el miedo que nos provoca el castigo haga que perdamos de vista que lo que nos distingue de los verdugos es la capacidad de ayudar a nuestros semejantes.

Dwojra Zielona nos cuenta su triste historia, el de una mujer joven, 35 años, y que ha perdido todo, su familia, el ojo, su salud, incluso una parte de la cordura. 35 años y una vida destruida es todo cuanto le queda para seguir adelante.

O la mujer que es incapaz de contar su sufrimiento pero sí cuenta el de esas otras mujeres con las que compartió cautiverio y horror. Como ella dice, no necesita nada, todo es poco para los que sufrieron.

Uno de los relatos más terribles es el de Michael P. Escapó de un campo de concentración cuando descubrió que toda su familia había muerto y el tuvo que ser uno de los que los enterraran en las fosas secretas. Ese dolor es del que sacó fuerzas para huir del campo, pero no de sus recuerdos.

El último de ellos es un pequeño resumen de lo que vivieron en Oswiecim (Auschwitz) los pobres desgraciados que pasaron por la maquinaria de exterminio de los campos de la muerte.

La lectura de este libro, a pesar de la belleza de su lenguaje y la excelencia de su traducción, es una dura prueba para todos aquellos que no han perdido la capacidad de empatizar, de sentir el dolor de las víctimas y la desesperación de los supervivientes. Es difícil recomendar un libro así por que conmueve y hace que pensemos en el daño que podemos provocar con nuestra dejadez e indiferencia. Para que no vuelva a suceder no nos podemos permitir dar un solo paso atrás, se lo debemos a todos los que han padecido las guerras y las persecuciones, nos lo debemos a nosotros mismos.

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