LUIS LANDERO EN JARCHA

El pasado viernes, 23 de enero, el escritor Luis Landero compartió con nosotros su nuevo libro, El balcón en invierno, y junto a él fuimos descubriendo las vistas que ofrece ese balcón. En un número importante para nuestras lecturas de tertulia, el libro 120 que poníamos en común. Leímos al que es sin duda uno de los grandes referentes de la literatura española a caballo entre los dos últimos siglos. Si sus tres primeras novelas no ahondaban tanto en su biografía, sí encontramos en las siguientes, especialmente en El guitarrista o en Hoy, Júpiter, parte de lo que cuenta en estas memorias de infancia y juventud.

Unas memorias que se van trasladando desde los años de infancia en Alburquerque, o en el campo cercano al pueblo donde su familia trabajaba la tierra, hasta el Madrid al que su padre decidió venir  a, como nos dijo el autor, darle una oportunidad de la que hubiera carecido en el pueblo, en unas tierras de secano que “daban para uno pero no para cuatro”. Ese padre que muere joven y con el que parece conversar y encontrarse el autor, ese hombre que no parece de gran cultura pero que si admira lo culto. Un Madrid que hoy resulta desconcertante, donde el barrio de la Prosperidad es el extrarradio  donde se convive con tierras de labranza o ganado. El Madrid de 1964 se haya tan alejado del actual que por momentos parecen haber transcurrido más de los 50 años que han pasado por aquí.

Landero, que comenzó a trabajar joven por no querer estudiar, arrebatándole con ello a su padre la esperanza de que se formara por encima de lo que él había alcanzado, como aprendiz de mecánico o administrativo en la CLESA, retomó los estudios hasta titularse y convertirse en profesor de Lengua y Literatura. Un profesor que obligaba a sus alumnos a escribir, que fomentaba la lectura en el aula y que nos dijo con cariño que lo mejor de la enseñanza eran los alumnos.

Le interrogamos por sus hábitos como escritor, siempre por las mañanas y a mano, con diversos colores para marcar las distintas fases de corrección del texto. Nos señaló el hecho de que junto a Luis Mateo Díez, Antonio Muñoz Molina, Julio Llamazares o José María Merino, es de los pocos autores que han vivido ese mundo tan distinto, y que tan extraño resultará para las generaciones más jóvenes, de la vida rural, de la tradición oral del campo. De esas historias que contaba su abuela, narradora capaz de construir mundos de ida y vuelta ante las preguntas de su nieto, integrando su narración en la escuela modernista sin haberla conocido.

Landero nos habló de dos conceptos que marcan su obra. El primero sería el del afán, que tiene varias acepciones en el diccionario pero que, tal y como el utiliza la palabra, sería la de “anhelo vehemente”, esa persecución de algo con todo el empeño, en cuerpo y alma. La otras es el jeito, término que viene del galaico portugués y que según nos dijo no tiene traducción. Digamos que sería hacer algo poniendo el alma en ello y haciéndolo de la mejor manera que uno es capaz de hacerlo. Luis Landero es persona de dar ejemplo, tal y como demostró en Jarcha,  y en esas horas que compartió con nosotros estuvo jeitoso.

Una excelente tarde que esperamos redondear con alguna de sus recomendaciones para leer en próximas tertulias, bien las que nos dio a nuestras preguntas, nos habló de Frankie y la boda de Carson McCullers o de Los pasos perdidos de Alejo Carpentier pero esperamos alguna mas. Gracias y hasta pronto maestro.

LANDERO

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